Charol con Leche

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La semana santa empezaba siempre a base de frotar leche sobre los zapatos.

Eran los zapatos de charol nuevos, estrenados cada año el domingo de ramos. [Disculpa, Beatriz. Quiero decir: el Domingo de Ramos].

Mis zapatos de charol eran la cosa más bonita del mundo. Ajustados con su hebilla dorada. Brillando redonditos, sobre calcetines blancos bien estirados hacia la rodilla.

Yo llevaría un vestido estampado con flores, bajo un abrigo hecho por mamá. O quizás me ponía la falda plisada de Navidad, con jersey cisne acrílico, de los que sacaban chispas al pasar la cabeza. [Mi madre me dice que siempre vestido nuevo. Nunca ropa de Navidad ni  jersey de cuello alto en Ramos. ¡Entendido!).

Los zapatos de charol eran mi bienvenida a la primavera.
Y Ramos era el día de estrenar.

He querido escribir domingo de ramos pero no me parece ofrecerle justicia a mi Beatriz de siete años. Era Domingo de Ramos. ¡Domingo de Ramos! El día de los zapatos nuevos de charol… y la leche en paño.

Limpiar los zapatos con leche era el gran ritual del año. Sólo se hacía con el charol negro, ves a saber por recomendación de quién. De la abuela, seguro – sabiduría heredada del pueblo. Era leche de la granja Ca la Cuca, en Vilassar de Dalt. La misma leche que me daría tuberculosis a los nueve años. Una leche de las que se recuerdan… de las que dejaban un dedo de nata en el vaso.

Yo untaba un trapito en el bol de la leche, con la gata detrás, mirando y esperando. Cogía mi zapato de charol, mi manita agarrada hebilla, y a frotar. A brillar. A brillar.

Me arreglaba el pelo de seis, siete, ocho años, con un clip de color rojo o amarillo, en la parte izquierda del flequillo. Me ponía el abrigo color pastel, copiado por mamá de alguna película de Hitchcock. Me aseguraba de que los calcetines no se habían movido un ápice. Zapatos deslumbrantes. Y lista.

Estamos en Lloret de Mar. Vamos la bendición de Ramos, palma en mano. Rosarios de caramelo colgando. Lazos. Y nada es más importante que caminar sin pisar barro.

Mis hermanos van ya llenos de pringue, sus rosarios desmontados.

Y la gata está feliz. Relamida. Bol vacío. Pensando: qué lujo esto del charol, en Ramos.